Días de mudanza

Odio las mudanzas. He tenido tantas mudanzas en mis 29 años de vida que ya estoy cansada de empacar, desempacar, subir, bajar, limpiar, ordenar, tirar, adquirir nuevos objetos, y entrar en la nostalgia de dejar un hogar en el pasado para empezar de nuevo. Por lo menos para mi han sido muchas, llevo en total nueve mudanzas.

En las dos primeras yo no participé como tal pues era muy pequeña, pero igual tengo ese desgaste emocional de los recuerdos que se quedaron en el primer departamento en el que viví cuando llegué a este mundo, y también en la casa que disfrutamos cuando la llegada de mi hermana agrandó la familia y tuvimos que mudarnos.

Algunos años después llegaron a la familia otros dos miembros físicamente idénticos – pero diferentes en personalidad con el paso de los años – así que mis padres decidieron que era buen momento de echarse un crédito hipotecario al hombro, y adquirir una casa propia.

Esa casa que ahora por circunstancias de la vida está abandonada con todos nuestras preciadas posesiones, está abarrotada de recuerdos en cada uno de sus rincones. En esa propiedad que después se amplió para poder tener mayores espacios y una convivencia más armónica entre los seis integrantes de la familia que somos, viví la mayor parte de mi infancia y los inicios de mi juventud, hasta que cambié de ciudad para seguir mis sueños de ser periodista y dedicarme a escribir. Así que ya se imaginarán la cantidad de anécdotas, recuerdos y experiencias que viví con mis tres hermanas, mis padres, mis amigos y las mascotas que tuvimos en aquel lugar. Fue doloroso dejar el hogar a los 17 años, convencida de querer comerme el mundo y decidida a hacerlo sin importar lo que nadie pensara, incluyendo a mis padres.  Después fue una tortura gozar en mi pueblo y en mi casa las vacaciones y algunos fines de semana, para finalmente despedirme una vez más y tomar un camión con un recorrido de cinco horas rumbo a la capital del país. Pero sin duda lo más doloroso ha sido quedar huérfana de hogar, pues luego de casi año y medio no he regresado al lugar donde nací. Los amores de mi vida abandonaron aquellas cuatro paredes gracias a la violencia de mi México. Pero los recuerdos se quedaron para algún día visitarlos.

move day dia mudanza

El día de hoy no me estoy mudando. El desorden que pueden observar en la fotografía es únicamente porque desalojamos una habitación para pintar una pared… ¡sí, una pared! Es increíble todo el movimiento que se tiene que hacer para cambiar de color a una pared de 3×2.5 metros. Inevitablemente al ver semejante desorden pienso en las mudanzas, en todo lo que implica.

También es increíble que lo que fue un cuarto multiusos -para hacer ejercicio, para ver películas en una televisión más grande con sistema de sonido surround, para pintar en el caballete, para darles hospedaje a las visitas en el sofá-cama, para darles un cuarto a los inquilinos de Airbnb, para dormir separados cuando alguno de los dos estaba muy enfermo de las vías respiratorias y evitar contagios, o cuando nos hemos peleado y dormido separados para tener tiempo y espacio de pensar las cosas – ahora sea ya un cuarto destinado a Emma, la nueva integrante de la familia que pronto llegará. La vida cambia, el tiempo avanza sin detenerse, la ley de la vida es eso, una ley. E indudablemente los espacios en los que habitamos y desarrollamos nuestra existencia mutan de acuerdo a las circunstancias que cada uno de los seres humanos requiera. Es lo bonito de la arquitectura, del diseño, de la tecnología y de la misma naturaleza del ser humano: todo es adaptable y evolucionable.

Regresando a que hoy tan sólo se trató de pintar la pared roja – por blanca – del cuarto de Emma, lo que sí es cierto es que el sacar todos los muebles de una habitación es – al igual que en las mudanzas – una oportunidad perfecta para revisar las cosas, deshacerse de lo que ya no se usa, reacomodar, por fin ponerle foto a esos portarretratos que estaban vacíos desde que se compraron, y pensar por segunda o tercera vez si ya vas a tirar a la basura ese oso de peluche que te regalaron hace años y que ya no te gusta, pero al que le tienes cierto apego sentimental. Es una oportunidad para practicar la renovación y el desapego.

Que me esté sucediendo en enero es una ironía y no un propósito de año nuevo.

El punto es ¿por qué nos enamoramos de objetos? ¿Por qué somos incapaces de tirar a la basura algunas cosas y las andamos arrastrando con el paso de los años, incluso en las mudanzas? ¿Por qué algunas personas se vuelven acumuladoras de cosas materiales?

Deben existir miles de respuestas a mis preguntas. Psicólogos, médicos, amas de casa, ingenieros, periodistas, citadinos, provincianos, niños, adultos, viejitos… todos debemos tener una respuesta diferente. Y para mi todas son muy válidas. No coincido con las personas que con el paso de los años se llenan y se llenan de cosas sin parar, mismas que llevan a todos lados, sin importar el paso de la vida o de los espacios. Acumuladores en cierta forma. Pero respeto las razones que hay en su interior.

Es difícil dejar los recuerdos atrás. Difícil olvidar las tardes enteras de todos los domingos cuando la familia nos reuníamos en la sala, sentados en aquellos sillones rojos con flores y plantas de los que mi madre siempre se quejó argumentando que mi papá los eligió cuando se casaron por baratos y no por bonitos. Difícil dejar atrás aquellas pláticas interminables del séptimo día, en que mis padres, mis hermanas y yo nos poníamos a opinar todos respecto a un tema y aquello se volvía un verdadero desastre. Las opiniones eran tan variadas y todos hablábamos al mismo tiempo que el ruido era similar al de un bar un viernes por la noche. Unificar un criterio familiar ante infinidad de temas fue tan imposible que los disgustos de opinión entre mi madre y mi padre eran el mayor entretenimiento dominical, especialmente cuando lo que pasaban en la televisión no siempre era bueno.

Uno aprende a vivir con drama y a hacerlo parte de su vida. Aunque en mi etapa adulta he preferido alejarme de todas esas muestras dramáticas y dolorosas, y he optado por el diálogo directo, en lugar de las interpretaciones erróneas que traen problemas, como si se tratara de un juego televisivo parecido a “¿Quién quiere ser millonario?”, donde una respuesta errónea puede costarte literalmente millones de pesos (o de la moneda que gusten imaginar).

Me doy cuenta que sigo sin responder las preguntas que me plantee cuatro párrafos atrás. Y es que tal vez no tengan respuesta. Cada uno añade el valor que gusta o necesita a determinados objetos, ¡y vaya que es verdaderamente difícil deshacerse de ciertos objetos! Ya no es ni por el valor material que tengan, es porque un papelito insignificante puede implicar la primera carta de amor que recibimos, o puede ser el primer dibujo que hizo aquel bebé que ahora tiene 45 años y es abogado sin habilidades para el dibujo.

Materializar el amor y los sentimientos es todo un tema. Respetable, por cierto. Hasta ahora he sido una persona que prefiere gastar el dinero en viajes y experiencias de todo tipo en lugar de comprar bienes materiales. Ya veré si pienso lo mismo ahora que sea mamá y tal vez quiera guardar todo detalle de mi hija. No lo sé. Es la vida, llena de incertidumbre.

Pero practicar el desapego de cosas, personas, momentos, recuerdos buenos y malos, traumas, sueños inconclusos y cualquier otra cosa que gustes agregar, es bueno. Siempre es bueno agarrarnos de nuestro pasado sea cual sea, vivir el presente intensamente, y añorar el futuro con todo lo que hay por vivir.

Suena al típico cliché de las películas de Hollywood, lo sé, pero algo hay de cierto.

Ojalá tengan algo que compartirme, seres sensibles o insensibles que han tenido la decencia de leerme.

Hasta la próxima.

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