Esto de ser mamá

¿Quién dijo que cualquier mujer puede ser mamá? La realidad es que no. El título “mamá”, esa palabra que los bebés aprenden a decir a temprana edad, se gana. Los pequeños humanos recién llegados al planeta Tierra no vienen programados para decir “mamá”. Como digo, la palabra, el título, se gana.

Y cuesta. Es una friega diaria, una batalla constante entre los deseos libertarios naturales de la madre, y la necesidad de atención y protección del recién llegado.

No sé, por lo menos a mi me ha pasado. Estoy segura de que hay madres que soñaron con ser mamás desde jóvenes, adolescentes. Otras que sin pensarlo, resultaron embarazadas y se convirtieron en mamás con todo lo que eso implica, amorosa y responsablemente. En mi caso, siempre planee ser madre a los 30, y finalmente decidí adelantarlo un año, a los 29. No fue el gran adelanto, y no me arrepiento de nada. Ser mamá – aunque suene a cliché – es lo mejor que me ha pasado.

¿Cómo explicarlo? Me considero una persona libre de actitudes y decisiones. Tengo un par de padres amorosos que así me educaron, tres hermanas que son mis cómplices en todo, y un esposo que apoya casi todas mis decisiones. Magdalena y Gabriel, mis padres, me enseñaron que uno deja todo por los hijos. Sin juzgarlos, y por el contrario, agradecida infinitamente aunque a veces no lo demuestre, ese “par de bichos raros”, como siempre les he dicho, me enseñaron a darlo todo por las personas amadas. Ejemplo que también ha seguido amorosa, admirable e insuperablemente mi hermana Berenice con mi adorada sobrina Luisa.

En mi caso, estoy tratando de compaginar todo en mi vida y he fallado en repetidas ocasiones: ser mamá de Emma, mi gordita hermosa que ya tiene cinco meses, ser la esposa de Benja, el mejor compañero de aventuras que pude encontrarme en la vida, y ser la periodista que siempre he querido ser.

Para qué miento. A veces tengo ganas de dormir sin parar. Algunos viernes o sábados tengo ganas de “fiestear” o beber vino tinto y mantener conversaciones “intelectuales” hasta el amanecer, como antes, pero de pronto hay una chiquilla que expresa su hambre, o su sueño, o su necesidad de amor y atención, en llanto. Hay que detener todo: la prensa, la plática, el vino, las risas, para atender a la cachetona. Así se me enseñó. Que uno detiene su vida por los hijos. Porque nosotros los adultos decidimos traerlos al mundo y no al revés. Y ellos, los nuevos, merecen lo mejor. Merecen la esperanza de que la humanidad vale la pena, de que a pesar de todo hay gente buena. De que vale la pena el amor, enamorarse, luchar por los sueños, formar una familia. Por utópico que suene en la práctica.

Repito, no me arrepiento de nada. Despierto descansada, cansada, motivada, triste, preocupada, o cualquier sentimiento que se me haya presentado, pero no hay nada mejor en el mundo que despertar junto a un pequeño ser que lo único que tiene en la vida es una sonrisa chimuela de oreja a oreja, unos ojotes color miel abiertos de par en par, y toda la tranquilidad del mundo.

Ningún viaje en el mundo a cualquiera de los cuatro puntos cardinales del mundo, vale la pena como despertar con esa sonrisa llena de vida. No llanto, no reproches, no malestares: sonrisa llena de amor y felicidad.

Días como hoy, en que de pronto el trabajo se vuelve muy demandante, me causan momentos de desesperación y quisiera ponerme a llorar cuando ella lo hace porque no le presto la atención que debería. Pero la realidad es que ella no podría ser mejor hija, no podría transmitirme más motivación y tranquilidad de la que me da.

Ser mamá cuesta, pero la experiencia de dar vida a un nuevo ser en mi interior, de educar y amar a una personita que se parece a su papá y que tiene mis gestos, mi color de piel y de cabello, y mis expresiones, no se compara con nada.

Una admirable profesora de periodismo que tuve en la universidad, que también es mamá, me dijo hace poco que a todas las que trabajamos en los medios de comunicación y nos convertimos en madres, nos da el síndrome de quererlo contar todo y escribirlo todo sobre la maternidad. Y pues sí, así es esto de la profesión, así es esto de la pasión de escribir y así es esto de ser mamá. Qué mejor manera de combinar todo que escribiendo al respecto.

(Ojalá me pagaran o por escribir o por ser mamá jaja)

¡Vaya aventura que es la vida, pero no hay como vivirla al máximo!

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